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jueves, 4 de noviembre de 2010

UNA APROXIMACIÓN DESDE LA ESTÉTICA A UNA FORMA DE ENTENDER EL FÚTBOL

El estilo del Fútbol Club Barcelona, en las dos últimas temporadas: Un acto de belleza

El Barça desveló la falsedad imperante según la cual juego bonito y juego efectivo eran incompatibles y había que sacrificar la belleza a la efectividad  |  El equipo del Barça, disfrazado de selección española, ya no jugó el fútbol más bonito: ¿qué vendrá después?
Sucedió de verdad y fue un acontecimiento a finales de mayo del año pasado, durante la final de la Liga de Campeones que disputaron contra el Manchester United. Como recordarán, el FC Barcelona estaba ya casi eliminado de la semifinal cuando un gol de última hora y unas grotescas decisiones del árbitro noruego arrebataron la victoria al Chelsea, que había merecido ganar. Durante los primeros minutos de la final de Roma, el que dominó fue el equipo inglés. De haber marcado Cristiano Ronaldo el gol que podía y tenía que haber marcado, quizá el partido habría acabado de otra manera.

Pero entonces Eto'o –quien, como Cristiano Ronaldo con el Manchester, jugó ese día su última final con el Barça– anotó el primer tanto en una jugada irresistible y, a partir de ese momento, el Barça empezó a moverse con más belleza y seguridad a cada minuto que pasaba. Y acabó jugando como no había jugado ningún otro equipo en la historia del fútbol; sus jugadores estaban en estado de gracia (in the zone, como decimos en inglés), era como si no pudieran fallar, como si el hecho de realizar cada vez el movimiento adecuado convirtiera su hazaña y su victoria en naturales, en inevitables y, como digo, en una belleza perfecta. El segundo gol de esa noche, un cabezazo de Messi, que parecía sencillamente imposible en un jugador de su estatura, dejó bien claro que semejante perfección rayaba en algo nuevo, en algo que no sólo no habíamos visto nunca antes, sino que era el principio de un estilo nuevo que ni siquiera habíamos sido capaces de imaginar.

¿Qué era, en realidad, lo novedoso de la forma en que el Barça jugó esa noche para convertir su victoria en la Liga de Campeones en semejante acontecimiento? Para encontrar una respuesta que no sea sólo hiperbólica y, por lo tanto, superficial, tenemos que remontarnos a las dos últimas décadas de la historia del fútbol. Los años setenta y ochenta fueron una época de dominio de jugadores individuales por encima del equipo: pensemos en la etapa final de la carrera de Pelé, en Johan Cruyff, en Franz Beckenbauer y, por encima de todos, en Diego Maradona. A diferencia de sus actuales sucesores, ellos disponían de espacio y tiempo suficientes para cruzar el centro del campo con la pelota y decidir a quién enviaban sus pases geniales y a menudo letales. Sin que sea una casualidad, en esa época se inventó la posición de líbero; es decir, el papel de un jugador capaz, gracias a sus habilidades técnicas, de mantenerse libre de marcaje y utilizar esa libertad a favor del éxito de su equipo. Durante la Copa del Mundo de Italia de 1990, Maradona, sólo en parte debido a su edad, ya no logró imponerse de ese modo. El jugador del torneo fue Lothar Matthäus, un centrocampista con la suficiente competencia técnica para sacar provecho de su extraordinaria forma física, su velocidad y su enorme fortaleza.

Visto en retrospectiva, podemos identificar la transición desde Maradona hasta Matthäus como un punto de inflexión decisivo. Unos pocos años después, todos los futbolistas de nivel internacional tuvieron que convertirse en consumados atletas (todavía recuerdo a una antigua estrella de una importante liga comentando, con absoluta decepción, que el juego se había convertido en "atletismo con una pelota de fútbol"). La consecuencia general de esa evolución fue que, de forma progresiva, el jugador tuvo cada vez menos tiempo para detenerse y pasar la pelota. Buscar a un delantero desmarcado, como ocurría con el líbero, resultó ya imposible, y pronto apareció el estilo de un solo toque (one touch style), con Zinedine Zidane como primer auténtico maestro: bajo un nivel cuantitativamente nuevo de presión física por parte de los oponentes, los equipos tenían que mantener la posesión del balón pasándolo tan deprisa como fuera posible de un jugador a otro hasta que la menor debilidad defensiva contraria proporcionara la oportunidad de un largo pase vertical hasta la zona de penalti, una internada y, en el mejor de los casos, un gol.

Hoy en día, ningún jugador puede permitirse ocupar únicamente una posición y su correspondiente zona en el terreno de juego. En los años noventa empezó a convertirse en la regla general y en una necesidad lo inaugurado a principios de los setenta por el Inter de Milán con algunos defensas excepcionales capaces de llegar al área contraria y lo que, unos pocos años más tarde y de forma más compleja, la selección neerlandesa empezó a lograr en su búsqueda del fútbol total. Sin embargo, el fútbol de un toque tuvo claramente, en sus etapas iniciales, un impacto negativo sobre la belleza del juego. Muy pocos jugadores –Ronaldinho durante sus años en el Barcelona fue quizá el más destacado– poseían la habilidad suficiente para manejar el balón bajo esas nuevas circunstancias. Casi siempre parecía perderse el equilibrio entre las habilidades técnicas y la fortaleza atlética, de modo que el azar se imponía sobre las acciones en el terreno de juego.

Durante la temporada 2008- 2009, el FC Barcelona se convirtió en el primer equipo con el suficiente número de jugadores cuya técnica igualaba claramente su fortaleza física para superar el azar y la decadencia estética del fútbol de un toque. La final de Roma de la Liga de Campeones fue un acontecimiento en la historia del fútbol porque nunca antes habíamos visto a un equipo que no abandonaba en ningún momento su precisión técnica, a pesar del aumento de la presión física de los contrarios; un equipo capaz de jugar siempre pasando el balón, incluso en su área pequeña; un equipo que suscitaba colectivamente efectos de sorpresa sin cesar en lugar de confiar en un genio individual o, en el mejor de los casos, en unos pocos genios individuales. Con ello, ese equipo histórico demostró la falsedad de la opinión imperante según la cual el juego bonito y el juego efectivo eran objetivos incompatibles y que, por lo tanto, había que sacrificar de forma inevitable la belleza a la efectividad. Ese fue el inesperado logro final de un nuevo estilo futbolístico que había empezado a aparecer después de 1990.

El giro radical y la resonancia internacional de este nuevo estilo nos ayudó a entender (o nos ayudó a reconocer), casi inmediatamente, que lo que atrae a centenares de miles de espectadores a los estadios y a centenares de millones de espectadores a las retransmisiones televisivas de los deportes colectivos no es sólo –y ni siquiera de modo predominante– el deseo de ver ganar al equipo con el que se identifican. Lo que los atrae, por encima de todo, sin ser conscientes de ello (¿y por qué deberían o querrían ser conscientes de ello?) es un modo de experiencia estética en el pleno sentido del concepto filosófico. Lo que los aficionados quieren ver son jugadas bonitas, coproducidas y personificadas por un puñado de jugadores; jugadas bonitas que son siempre impredecibles porque deben lograrse contra la resistencia del equipo contrario; jugadas bonitas que empiezan a desaparecer en el mismo instante en que aparecen. Y tanto mejor si esas jugadas producen muchos goles y dan la victoria al equipo con el que nos identificamos. Creo que, desde un punto de vista estético –que es sobre todo el punto de vista del espectador–, tiene sentido dar la vuelta a la clásica creencia según la cual una jugada bonita es un medio para conseguir el fin de marcar un gol. Por el contrario, disfrutamos más viendo fútbol (y otros deportes colectivos) cuando el propósito de marcar tantos se convierte, lo más a menudo posible, en un medio y en una obligación que producirá jugadas bonitas.

Eso es lo que representó el FC Barcelona de la temporada 2008- 2009 y lo que representará durante mucho tiempo en tanto que acontecimiento decisivo en la historia del fútbol. Lo cual no nos obliga a pensar que el proyecto de Joan Laporta, de Pep Guardiola o de sus jugadores fue jugar de forma tan hermosa. Su propósito estratégico era, simple y necesariamente, encontrar una solución al problema de cómo superar la falta de control y el consiguiente azar del fútbol de un solo toque con el fin de ganar el máximo de partidos posibles. Sin embargo, ser efectivo en un plano exclusivamente pragmático se convirtió al final en un medio para la producción de placer estético. Al mismo tiempo, resulta imposible no establecer una relación entre el hecho de que el Barça fue el primer equipo en encontrar y dominar una solución a este problema y su récord en la temporada 2008-2009 al ganar los seis títulos nacionales e internacionales a los que puede optar un club de fútbol en una única temporada. Y los ganó todos con mucha facilidad, puesto que ningún otro equipo ni ningún otro entrenador había ideado todavía un modo de neutralizar su estilo bellamente eficaz, que estaba cuajando entonces de forma tan rápida y sorprendente.

En la euforia de esos gloriosos recuerdos de hace poco más de un año, quizá valga la pena recordar de nuevo que en el 2009 el Barça estuvo a un paso de quedar eliminado por el Chelsea. No eran verdaderamente invencibles, o puede que sólo se convirtieran en verdaderamente invencibles, durante un breve lapso, después de su final de la Liga de Campeones. Desde un punto de vista estético, el FC Barcelona de la temporada 2009-2010 no resultó menos impresionante que su inmediato predecesor, pero en la temporada anterior a la Copa del Mundo de Sudáfrica no logró ganar la Liga de Campeones. Y, si bien el Barça jugó a todas luces mejor en la semifinal del 2010 –que perdió contra el Inter de Milán– de lo que jugó en la semifinal del 2009 –que ganó contra el Chelsea–, hubo algo significativo en esa derrota.

Y es que se produjo contra un club cuyo entrenador, José Mourinho, había concebido una estrategia específica contra el innovador estilo del Barcelona. Esa estrategia aprovechaba ante todo la idea de que el principio del Barça de congelar la pelota en secuencias inhabitualmente largas de juego al primer toque hasta la aparición de una oportunidad de gol, era muy vulnerable a la interrupción por medio de unos pocos ataques inesperados, rápidos y exclusivamente verticales, sin ningún pase lateral. En segundo lugar, reducía las oportunidades de marcar de las que dependía el equipo de Guardiola mediante una concentración en una defensa muy profunda e incondicional (incondicional significa que, salvo en contadísimas ocasiones y en ese caso muchas veces letales, la defensa del Inter ni siquiera se preocupó de iniciar contraataques). Desde el punto de vista del Barcelona –y desde el punto de vista de la estética del fútbol–, la derrota resultó muy frustrante por la rapidez histórica con la que puso de manifiesto las limitaciones de ese hermoso estilo de juego. Contra el Inter, el nuevo estilo empezó de pronto a parecer semejante al balonmano, con esas largas y a menudo aburridas secuencias de pases en las que el atacante busca un hueco en una defensa que ni siquiera intenta interferir en la posesión de la pelota. Ni el sorprendente Leo Messi pudo internarse de modo decisivo en la defensa del Inter porque siempre había demasiados rivales marcándolo y frenando sus avances.

Es evidente –aunque me parece extraño lo poco que se menciona este hecho de forma explícita– que la selección española vencedora de la Copa del Mundo del 2010 fue una versión defensivamente mejorada –aunque sólo fuera ligerísimamente– del FC Barcelona de esa temporada. No constituyó por lo tanto sorpresa alguna que la selección encontrara en Sudáfrica los mismos problemas que los experimentados por el Barça unas pocas semanas antes. Perdió el primer partido por 0-1 contra una selección suiza dirigida por uno de los entrenadores con más astucia defensiva del mundo; ganó casi todos los demás encuentros por 1-0 exhibiendo ese juego típico del balonmano, con paciencia, habilidad, una espléndida fortaleza física y casi siempre con éxito. La imagen que me venía a la cabeza era que España se dedicaba a asediar a sus rivales. Sin embargo, el Mundial del 2010 nunca pudo igualar –ni por un minuto– la belleza del juego encarnado por el FC Barcelona vencedor de la Liga de Campeones del 2009. Es más, con Leo Messi jugando para Argentina, las probabilidades de penetrar en la defensa contraria y la consiguiente emoción se vieron claramente reducidas. Una excitante y bella innovación se había convertido en una receta pragmática para el éxito.

Si sirviera de consuelo podríamos decir, visto a posteriori, que la misma singularidad del juego del Barça en la temporada 2008-2009 proporciona hoy un aura histórica a su belleza. Además, la Copa del Mundo es sin duda un éxito aun mayor que la Liga de Campeones, y no ha hecho más que consolidar la posición de Barcelona como capital mundial del fútbol contemporáneo. ¿Cómo explicar este abrumador –y doble– éxito? Deseo subrayar que los fenómenos de la experiencia estética siempre suponen una dimensión de inspiración, entusiasmo y arrebato que por fortuna escapa a todo análisis racional. Por otra parte, no cabe duda de que la homogeneidad y la igualdad o, dicho de otro modo, la ausencia de jerarquía entre sus primerísimas figuras, ha encajado muy bien con la combinación de técnica y forma física del Barça. Piqué, Puyol, Xavi, Busquets, Iniesta, Pedro y Messi son estrellas internacionales, pero ninguno de ellos, ni siquiera Messi, reivindica un papel superior en el seno del equipo. Estos jugadores son más intercambiables en sus posiciones y funciones que los integrantes de cualquier otro equipo de fútbol hoy. Y el hecho de que Guardiola sea un antiguo centrocampista del Barcelona bien puede constituir una de las razones de que él haya llevado ese potencial a su realización. También –aunque resulta casi banal– se hace necesario mencionar que semejante homogeneidad ha sido, en buena medida, un producto de la Masia, la célebre cantera del Barça.

De poseer un aspecto negativo esta virtud atlética de la homogeneidad –que parece tener un efecto sobre los jugadores del Barcelona incluso fuera de los partidos–, se trataría del problema del Barça a la hora de integrar en su ritmo y estilo a destacados jugadores procedentes de fuera. La dificultad se ha hecho patente con Thierry Henry, con Zlatan Ibrahimovic e incluso con las dudas de Guardiola respecto al fichaje de la joven revelación alemana Mesut Özil. Por último –y posiblemente esto sea una fuente específica de inspiración para el capital, quizá único, de talento futbolístico del FC Barcelona, una fuente de inspiración susceptible de convertirse en motivación activa–, por último, este club ocupa, a los ojos de millones de seguidores, el lugar simbólico de la verdadera selección catalana. A muchos de los jugadores –incluidos los no nacidos en Catalunya– les parece importante representar una causa, lo cual significa que para ellos hay en juego algo que trasciende el fútbol: Més que un club.

¿Y qué vendrá después del reinado del FC Barcelona en el imperio del fútbol? Hasta ahora hemos visto cómo puede neutralizarse a este asombroso equipo con unas tácticas muy elaboradas. Por esta misma razón y durante la Copa del Mundo, el equipo del Barcelona bajo el disfraz de selección española ya no jugó el fútbol más bonito. A pesar de mi nombre alemán, concedería esta distinción a algunos momentos –¡nunca a un partido entero!– jugados por los equipos de Alemania y Uruguay. Como en los casos del FC Barcelona y la selección española, el juego de esos equipos fue producto de la forma física y la habilidad técnica. Sin embargo, hubo momentos, en la segunda parte del Alemania-Argentina, por ejemplo, o en la última media hora del Uruguay-Alemania, en que hizo su aparición una forma de juego menos cauta y más arriesgada, más orientada al gol y más sorprendente. Esa forma de juego, que fascinó a todo el mundo, no se ha convertido todavía en una receta –quizá ni siquiera sea posible sistematizarla–, lo cual la hizo más hermosa –pero también más vulnerable– que el juego de la selección española. Por eso los jugadores alemanes no parecieron convencidos de sus posibilidades contra la poderosa encarnación española del estilo catalán. Y no les faltó razón.

 Por: Hans Ulrich Gumbrecht. Traducción: Juan Gabriel López GuixT

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