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domingo, 23 de mayo de 2010

EL METODO CIENTIFICO DE MOURINHO V PARTE: "EL FUTBOLISTA DE HOY ES MUY DELICADO"

Aunque el partido ante el Barcelona en el Camp Nou lo desmienta, un entrenador avaro, mezquino. Tampoco es un esteticista: “Si para competir con una Ferrari dispongo de un auto pequeño, no me queda otra que pincharle el neumático o echarle azúcar en el tanque de nafta”. Acusa, además, al entrenador del Arsenal, Arsene Wenger, de “vender mejor su producto”. Explica: “Pasa que no concuerdo con la gente que dice: ‘este equipo jugó fantástico pero no ganó’. Ese es el discurso de los perdedores. O, ‘este equipo jugó mal pero ganó’. Ganar con suerte pasa una vez en la vida. ‘Belleza’ es un concepto controvertido en fútbol. Algunos entrenadores juegan siempre de la misma manera. Por eso, un día ganan 6-0 y al otro, pierden un partido que no deberían perder”.

Durkheimiano, sostiene que su “equipo debe ser más que la suma de las partes que lo componen”. Aunque al instante, advierte “que ese equipo es la cara del entrenador”. Subraya que “las transiciones, y no las pelotas paradas, son cruciales: cuando el rival está bien parado en defensa, es muy difícil marcarle un gol. Así que el momento para explotar es cuando pierde la pelota, porque allí no todos los jugadores están bien ubicados”.

El personaje. Es, jura, histriónico por conveniencia. “Durante los partidos, son los jugadores, y no yo, los que están bajo una fuerte presión. Por eso, antes y después, quiero ser yo el blanco al que apunten todos los rifles”, explicó en marzo de 2009 en una entrevista con The New York Times. Complementa: “Pero sí que a veces pierdo la paciencia con mis jugadores. Me dejo ver enojado porque de verdad lo estoy, pero también a veces me hago el enojado. Un entrenador de hoy debe jugar con sus emociones. No es, ya, como hace 20 años, que los entrenadores trabajaban sólo la parte táctica. Hoy deben manejar el grupo, saber de liderazgo”.

“El futbolista de hoy es muy delicado: no le gusta que le digas que no está jugando bien, o que es viejo, o que lo viste en la calle a las cuatro de la mañana. Pero no me importa: mi método es la honestidad”, argumenta Mourinho, que aspira a que sus jugadores lo consideren “como un hermano mayor”. Rígido, sin embargo: “A mis jugadores les digo: ‘No vengan a golpear la puerta de mi oficina. Ni intenten que les explique por qué no juegan. No manden a sus amigos a hablar en los medios sobre mí. Sólo demuéstrenme en la cancha que pueden jugar’”.

Mourinho, hijo de un ex entrenador, confiesa que da conferencias de prensa sólo para enviarle mensajes (ni por asomo cifrados) a sus adversarios. También, que no le caen bien los periodistas (“los necesito, aunque ustedes más a mí”), al extremo de que, en diciembre, agredió a Andrea Ramazzotti, del Corriere dello Sport: “No me gusta que los periodistas estén cerca del micro. Por eso, cuando lo vi, me bajé y lo insulté dos veces. Pero no le pegué”.

Mourinho, en fin, disfruta de su estrellato, aunque, guste o no, mal se puede atribuir que su histrionismo sea sólo hijo de los 14 títulos que ganó en los últimos ocho años. En septiembre de 1996, para disgusto del propio Robson (su jefe, a la sazón), apuntó a Ronaldo, que jugaba en ese Barcelona: “No puede marcar un gol y después dormir durante 89 minutos”. Ronaldo, entonces, era el mejor futbolista del mundo. Mourinho, un cuatro de copas.



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